Diego Armando Maradona: ser dios en la cancha

Maradona

Las multitudes llevaron a la cima del mundo a un paria. Su destino, en el mejor de los casos, era ser consumido por la pobreza, pero su amor por la pelota lo protegió y le otorgó una libertad que lo convirtió en un dios, justo cuando la modernidad había acabado con ellos, el dios del fútbol.

Maradona le demostró al mundo un potencial histórico que anida en el fútbol, y es que ese juego, ese espacio de la cancha es un espacio lúdico, de diversión, en donde las capacidades humanas pueden ser extraordinarias con el único objetivo de ser felices persiguiendo un balón y con ello regaló alegrías.

Los que se creen dueños del balón, del estadio, de la camiseta y que nunca en su vida han podido acariciar siquiera esa gloria que el pelusa le otorgó a la hinchada, no le perdonaron eso. No se le perdonó que demostrara que el fútbol es libertad, que el fútbol puede estar más allá de la subordinación de los intereses de las transnacionales, y que por supuesto, no se reduce a ese estúpido lenguaje de guerra que la mercadotecnia le quiso imprimir.

La valía del cebollita de esa villa de Fiorito de la Argentina, del lugar de los pobres, porque si algo hay que decir es que vino de abajo, de muy abajo a contrapelo de la creencia de que los más aptos son los ricos del orbe, fue el encantamiento que logró condensar en un mundo lleno de contradicciones, la bola no se compra. Liberar el juego de la pelota de su acartonado estilo lleno de tecnicismos para darle cabida a las marometas, a los malabares, a la gambeta, a la destreza de caer y no rendirse y gozarlo, de desatar la imaginación y ser un artista. Todo ello con una zurda inmortal cuando ser zurdo era una rareza para pegarle y cruzar la portería. Una zurda que moldeaba y esculpía el terreno de juego.

El Estadio Azteca fue testigo único, las miles de almas en un partido que rompió mitos. Que el deporte más sofisticado sólo podría venir de Europa, y todas esas pavadas de que en América Latina no había respuestas. Tan las hubo que las dos jugadas más importantes de este deporte se sintetizaron ese momentum de la historia del balompié.

La mano de Dios, una jugada de trampa, el comentarista mexicano dice que no hay fuera de lugar, que hay que esperar como si fuera una eternidad para los que observan la pantalla, el arbitro duda con todos los empujones que recibe, pero al final decide que sí existe magia, entonces, el gol es indudable.

Y luego la otra con cinco minutos de diferencia, con esa voz que siempre retumbará en todos de Víctor Hugo Morales, clamando por la destreza del genio que entra desde la mitad de la cancha hasta la portería, como si eso pudiera ser posible con todos los jugadores enfrente, tan fácil, pero asombroso por haber roto lo imposible, ahí estaba hecho el gol del siglo, todos en el Azteca haciendo historia.

El mundo no estuvo listo para algo así de liberador, mucho menos él, las masas fanatizadas por ser única y exclusivamente ganadores a costa de la diversión no lo perdonaron por disfrutar ser lo que era, un jugador excepcional. Los dueños del dinero y las mafias que controlan el fútbol no podían permitirle a la sociedad tomar conciencia de este fenómeno que los desbordaba. Justo por eso los errores del Pibe fueron magnificados, su tarea de abrir un potencial humano que hasta ahora había permanecido como una tarea del olimpo fue también su propia tragedia.

Y de todos modos ahí está el Diego, no sólo el astro, el Diegol de la gente, el que no se podía permitir ser una escala a grises, el que se definía por el negro o por el blanco, porque de otra forma no podría ser.

Es cierto que pagó lo que tenía que pagar por sus excesos, por esa carga que no pudo sobrellevar, pero también, de forma maravillosa está lo otro, una de sus lecciones más importantes la pelota no se mancha, y ahí sigue rodando para llamar a cuentas a toda la humanidad de que hay otra forma de ser capaces y libres siendo felices y que no se necesita más que un balón, dos porterías y dos equipos de once personas dispuestos a disfrutar en noventa minutos. Si por algo hoy el mundo se detiene es por esto, porque el 10 de la Argentina nos enseñó que incluso en el fútbol reside la obra de arte, pocas veces sucede ante nuestros ojos.

Que la tierra te sea leve Diego, vuela alto Maradona, te queremos y gracias por las alegrías.

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