El lenguaje inclusivo, ¿qué es?

Si partimos de la idea de que el lenguaje está vivo y potencialmente sus reglas están sujetas a un cambio lingüístico constante, porque su uso e interacción afecta la evolución del vocabulario; entonces, bajo esta premisa, debemos considerar y entender de una manera más respetuosa, comprensiva y tolerante al uso del lenguaje inclusivo.

Lo nuevo y diferente siempre crea conflicto, los usos y costumbres; y el cómo nombrar nuestra realidad modifica, con el tiempo, la forma y la norma puede parecer abrumador. Sabemos que el lenguaje es un elemento social que nos permite comunicarnos con los demás, y que también este contempla un sin fin de ideas que discriminan o minimizan a los grupos vulnerables; entre ellos, las personas que no se identifican con el género masculino o femenino.

Pero, por qué recientemente el empleo del lenguaje inclusivo ha hecho tanto ruido, tanto en puristas de la lengua cómo en usuarios que se manifiestan en contra del uso del lenguaje con perspectiva de género. Bueno, partamos de sus inicios, en los setenta, junto con la oleada feminsista, se comenzó a cuestionar la poca relevancia de la mujer en los grupos de poder.

Al inicio, el uso del lenguaje tenía una representación gráfica por medio del símbolo arroba @; una manera de abreviar y referirnos tanto a hombres como mujeres. Después, esta forma escrita se fue extendiendo, no solo a la parte gráfica, sino a su expresión verbal.

Si seguimos con la idea de que la lengua está viva y dota de personalidad e identidad a una cultura, tanto a un grupo como a la persona individual, por  la manera en cómo habla, en cómo se expresa y concibe el mundo; también podríamos notar la manera de ejercer violencia: excluir, no nombrar o minimizar a grupos que no se identifican dentro de ningún colectivo.

La manera de enunciar al otro no se resuelve, exclusivamente, con la modificación de pronombres como “elle”, sino siendo más consciente de las palabras que utilizamos a diario con connotaciones despectivas, o palabras que pueden englobar a los géneros como profesores, en vez de maestros o maestras; o personas, en vez de mujeres u hombres.

En medio de la discusión, las redes sociales parecen exponer dos puntos de vista de una realidad que nos pisa los talones. Por un lado, la solución más a la mano sobre cómo tratar el tema parece ser la más simple o burda burla; o aferrarnos dogmáticamente al uso convencional de una lengua que se modifica con el paso de los días.

Por otro lado, hay un sector de la población -en su mayoría los más jóvenes- que exigen un trato distinto y respetuoso; como exigir al comunicador Chumel Torres que bajará el vídeo donde se burla de un estudiante que exige se le nombre como “Elle”, y en el que Chumel sube el video con la leyenda:

“Cálmese mije. Estamos chupande tranquiles”.

Tras las críticas, Torres eliminó su tuit pronunciándose, con otro tuit, para revirar la situación.

El debate sobre aceptar estas acepciones consiste no solo en empleo de un  nuevo vocabulario, sino en un cambio radical que responda a una ideología acorde al contexto actual, que refleje una sociedad incluyente.

 

 

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