Abusos, la gran crisis del Papa Francisco en 2018

Abusos, la gran crisis del Papa Francisco en 2018
Por Andrés Beltramo Álvarez. Corresponsal Ciudad del Vaticano, 28 Dic (Notimex).- En el año que termina, los abusos contra menores cometidos por miembros de la Iglesia católica en diversas latitudes se convirtieron en la peor crisis en el pontificado del Papa Francisco. La bomba explotó al inicio del año, justo durante un viaje papal por Sudamérica que debió haber resultado relativamente tranquilo, pero que terminó complicándose cuando un escandaloso caso de abuso chileno le detonó en la cara a Jorge Mario Bergoglio. El pontífice protagonizó uno de los peores resbalones de su ministerio el jueves 18 de enero, cuando en la norteña localidad chilena de Iquique, fue abordado de improviso por una periodista y aseguró que no existían pruebas del encubrimiento de abusos por parte del obispo Juan Barros y tachó a las víctimas de calumniadores. Sus dichos provocaron una dura reacción y abrieron una grieta en la imagen del Papa, quien debió pedir perdón pocos días después y, al volver a Roma, decidió revisar a fondo la situación de los abusos en la Iglesia chilena. Por eso decidió enviar a dos representantes personales, los clérigos Charles Scicluna y Jordi Bertomeu, quienes se reunieron con unos 50 testigos y compilaron un informe de más de dos mil páginas que probó un sinnúmero de abusos, no sólo sexuales sino también de poder y de conciencia. Ante tales resultados, el Papa no tuvo más remedio que aceptar sus fallas, pedir perdón e ir a fondo. En una carta inédita y crudamente realista, publicada a inicios de abril, reconoció “graves equivocaciones de valoración”, expresó “dolor y vergüenza” por lo ocurrido además de anticipar que tomaría medidas. Entonces, decidió invitar a las víctimas más famosas del sacerdote abusador Fernando Karadima, a visitarle en su casa del Vaticano, a residencia de Santa Marta, y también convocó a todos los obispos chilenos a rendir cuentas a Roma. Así, Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo lo visitaron a mediados de mayo y unos días después hicieron lo propio los pastores chilenos. Ellos sostuvieron tres días de reuniones con Francisco a puertas cerradas y en medio de un ambiente de tensión. Al final de esos encuentros y en una medida sin precedentes, la totalidad de los obispos chilenos presentaron sus respectivas renuncias y pusieron en manos del Papa sus puestos, anunciándole que aceptarían su decisión. Como respuesta, el líder católico decidió enviar una carta a todos los católicos chilenos en la cual instó que, ante el dolor causado, el compromiso debe ser la conversión personal, comunitaria y social que aprenda a escuchar y cuidar especialmente a los más vulnerables. “Urge, por tanto, generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición”, indicó en ese escrito. “Esto nos tiene que impulsar como Iglesia a buscar con humildad a todos los actores que configuran la realidad social y promover instancias de diálogo y constructiva confrontación para caminar hacia una cultura del cuidado y protección”, añadió. En las siguientes semanas, el Papa pareció cobrar conciencia de la problemática, no sólo en Chile sino también en otras latitudes. Hasta ahora ya aceptó las renuncias a siete obispos de ese país sudamericano, y nombró temporalmente administradores apostólicos. Además, gracias al avance de la justicia civil salieron a la luz decenas de denuncias en varias diócesis. Según los datos más recientes, actualmente existen 139 causas judiciales que involucran a unas 245 supuestas víctimas y unas 190 personas son investigadas. Tras el caso chileno, también explotó una nueva crisis en Estados Unidos, donde la Iglesia católica ya debió afrontar el caso “spotlight” en 2002 pero las reformas y medidas de prevención de abusos tomadas desde entonces resultaron insuficientes. Las turbulencias se recrudecieron primero por la decisión, sin precedentes, tomada por el Papa de quitarle el cardenalato al obispo retirado de Washington, Theodore McCarrick, acusado de abusos, y luego por la publicación de un escalofriante informe. Se trató de un reporte de más de 900 páginas, producto de más de dos años de investigación de un gran jurado de Pensilvania que recopiló los testimonios de más de mil víctimas cometidos por decenas de sacerdotes a lo largo de unos 60 años. Este documento orilló una nueva intervención del Papa, quien escribió una carta dirigida a todo el pueblo de Dios y publicada el 20 de agosto. “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”, escribió. “Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos”, añadió. En medio de una gran presión internacional, Francisco decidió dar un paso más y convocó para el próximo mes de febrero (del 21 al 24) a una cumbre de presidentes de las conferencias episcopales del mundo para abordar la crisis por los abusos. Por esto, en los próximos meses el tema de los abusos sexuales estará presente en la agenda del Papa. Como él mismo anticipó, en esa reunión la Iglesia reiterará su firme voluntad de continuar, “con toda su fuerza”, en el camino de la purificación. Lo dijo en su más reciente mensaje de Navidad a la Curia Romana, cuando precisó que la jerarquía eclesiástica se cuestionará, valiéndose también de expertos, sobre cómo proteger a los niños; cómo evitar tales desventuras, cómo tratar y reintegrar a las víctimas; cómo fortalecer la formación en los seminarios. “Se buscará transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo no solo del cuerpo de la Iglesia sino también de la sociedad. De hecho, si esta gravísima desgracia ha golpeado a algunos ministros consagrados, la pregunta es: ¿Cuánto podría ser profunda en nuestra sociedad y en nuestras familias?”, indicó. “Por eso, la Iglesia no se limitará a curarse a sí misma, sino que tratará de afrontar este mal que causa la muerte lenta de tantas personas, a nivel moral, psicológico y humano”, apuntó. foto: Sputnik Mundo
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